Este trabajo no empezó en una bodega, empezó en un río.
En el silencio del agua, en el gesto paciente de dos hermanos mellizos y en una pasión que los acompaña desde siempre: la pesca con mosca.
El encargo fue claro y, al mismo tiempo, profundo: crear un vino que los represente. Un vino nacido en el Valle de Uco, pero atravesado por su forma de mirar el mundo. Desde el diseño, construimos una identidad donde el vino y la pesca se encuentran en un mismo relato.
Desarrollamos seis etiquetas —cuatro tintos, un blanco y un rosé— pensadas como una serie. Cada una representa un estadio dentro del universo de las moscas para pescar: momentos distintos de un mismo ritual, donde la observación, la técnica y la espera son tan importantes como el resultado.
Las ilustraciones de las moscas fueron creadas especialmente para este proyecto, cuidando cada detalle técnico y estético, respetando su historia y su función, pero reinterpretándolas desde el diseño. No son solo imágenes: son relatos visuales que conectan la pesca con el vino.
En la contraetiqueta incorporamos un QR que lleva a una experiencia digital pensada como extensión del producto. Al escanearlo, el consumidor accede a una landing donde los propios hermanos enseñan a atar las moscas que aparecen en cada etiqueta, a través de videos originales. El vino deja de ser solo vino y se convierte en experiencia, conocimiento y comunidad.
Desarrollamos todo el proyecto de forma integral:
ilustraciones, etiquetas, estuche contenedor de las botellas y la landing digital que recibe al usuario. Un trabajo donde el diseño no adorna, sino que cuenta una historia real, profunda y auténtica.
Un vino que no solo se bebe.
Se entiende, se siente y se vive.